domingo, 4 de enero de 2015

Un adios que sabe a hiel...

Vinieron a nosotros desde otro mundo
y a otro mundo se fueron.

Desde más allá de las estrellas,
y del vacío del espacio,
trascendente, puro,
de impensable belleza
para enseñarnos la esencia del verdadero amor desmedido.

Es increíble el poder del amor incondicional,
el amor que se entrega sin ni siquiera conocer un rostro,
el amor que se entrega con tan solo los latidos de unos corazones llenos de vida,
el amor que sólo existe sin razón alguna, solo por amor.

Nos transformaron con sus movimientos,
con sus danzas,
nos procuraron alegrías,
a sus padres, a sus tías,
a sus abuelos y a su alrededor.

A pesar de que nunca podrán ser acunadas por nuestros brazos,
tenemos el consuelo de que el corazón de su madre latía mas fuerte por ustedes,
como aquella canción de cuna que algún día quiso cantarles,
como aquella plegaria que le alzaba al Señor cada vez que danzaban en su vientre como signo de vida.




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